Perspectivas

¿Cuál es la verdadera razón de que queremos ser grandes genios creativos? ¿La posteridad? No, ¿Que nos reconozcan en atiborrados sitios públicos? No. La razón es seguir adelante con nuestra diaria herramienta bajo la convicción de que cualquier cosa que hagamos vale la pena, que es algo único: para el día, no para la eternidad.
Cesare Pavese



El arte abstracto se significó como pieza fundamental en el desarrollo de la plástica mexicana del siglo pasado. Descomponer las formas y figuras para que, a través de las más diversas interpretaciones, los artistas y espectadores pudieran crear realidades tan ajenas entre sí y tan cercanas a la imaginación o, simplemente, a la sola apreciación estética, marcó un momento significativo en la historia del arte de nuestro país.

También con gran importancia encontramos al movimiento de La Ruptura en México, surgido en la década de los 50, que encarnó el rompimiento de los pintores mexicanos con la oficialidad, los temas nacionalistas y las obras pictóricas que representaban la visión del estado expresados por el muralismo mexicano y la Escuela Mexicana de Pintura.
Menciono estos dos casos (La Ruptura y el arte abstracto en México), a propósito de una frase de Picasso: “La expresión, por su naturaleza misma, implica soluciones siempre distintas, motivos diferentes exigen diferentes métodos de expresión”.

Hoy, Oscar Carrizosa nos abre una perspectiva poco común en la plástica oaxaqueña, con lo que nos demuestra que aún existen métodos diferentes para expresarse, así como “oficialismos” y mercantilismos en Oaxaca dignos de romper.

De entrada, apreciamos que esta exposición no es una más en el amplio figurativismo oaxaqueño, mal llamado Escuela Oaxaqueña de Pintura. Sin desdeñar el ejemplo de Tamayo, Toledo y Morales, sino muy al contrario, siendo un estudioso y admirador de estos tres pintores oaxaqueños, Carrizosa prescinde del universo plástico oaxaqueño contemporáneo, repetitivo hasta el cansancio y que, en la mayoría de los casos, sólo sirve para vender a turistas y despistados.

De igual manera, Carrizosa rompe con el sectarismo del Taller 910, donde a últimas fechas se había desarrollado como artista, siendo una agrupación que se opone a todo y a todos, hasta a su propio desarrollo colectivo y fortalecimiento individual, demostrando, nuevamente, que no basta con tener en la mente la idea de ser un pintor, que para realmente serlo hay que pintar, pintar, pintar y buscar espacios de difusión de la obra.

Pero principalmente rompe con él mismo, con los esquemas aprendidos en su formación académica y artística para experimentar una perspectiva personal en pleno desarrollo.

Podemos adentrarnos en la obra de Carrizosa, sin temor a naufragar en lo cotidiano, para encontrarnos de lleno con un universo de colores, tonalidades, contrastes y ritmos que dan forma a las más diversas figuras “imaginativas”, a las más claras metáforas personales.

Carrizosa juega con los colores, rojo sobre rojo, verde sobre más verde, hasta convertir cada cuadro en una danza cromática donde se dan cita tanto el desorden ardiente como la serenidad que amansa la vista en los escondrijos de sus líneas.

Oscar Carrizosa es un artista que inventa su propio descubrimiento, que juega con la luz escondido tras un fuerte temperamento que deviene en disciplina y entrega a su trabajo creativo. Busca dentro de sí y encuentra nuevas puertas que abrir, nuevas rutas y un espacio que se revuelve en su mirada y sin proponérselo, comparte con Nietzsche su idea: “Uno debe seguir teniendo caos dentro de sí, para dar nacimiento a una estrella danzante”.


Adelpho Jarquín
Marzo de 2003